Llega julio y con él, empiezan a florecer los festivales de jazz del País Vasco. Getxo, Gasteiz y Donostia reinan en el panorama de la “música clásica del siglo XX” a lo largo de todo el estado y nosotros, que estamos cerca, felices como perdices. Y es que se agradece el sosiego que nos mece tras una primera mitad de año prolija en conciertos, ruidosos las más de las veces (nos gusta todo, qué le vamos a hacer). El Getxo Jazz es el primero en aparecer en lontananza y desde el pasado 1 de julio se ha celebrado su 40 Edición.

Lo que son las cosas, es el que más cerca tengo de casa y es la primera vez que siento mis posaderas en sus incómodas sillas (más por estar apretujadas que por su comodidad en si). Cinco días de festival de los que he disfrutado los dos últimos. Dee Dee Bridgewater y Esperanza Spalding eran las estrellas, eclipsadas, en parte, por la lozanía de la juventud del Daahoud Salim Quintet, grupo a concurso el jueves y, tras ganarlo, teloneros también el viernes.

Y es que los joveznos Daahoud Salim Quintet lo hicieron muy bien. Basado en composiciones de su líder, el pianista Daahoud Salim, sus dos conciertos discurrieron por caminos minimalistas a veces (“Canción a Ana”) y por otros más abigarrados en el bop. Mejor el segundo día, ya con la victoria en la buchaka, exploraron sonoridades africanas, alardearon en los solos y nos hicieron mover los pies con el tema de Abdu Salim (padre de Daahoud), pleno de groove.

El lunes era el día grande del festival programando a la gran dama del género Dee Dee Bridgewater, y que reina en los grandes festivales. Acompañada por una banda quizás poco incandescente, por joven, la Bridgewater nos ofreció un show de 105 minutos en los que tuvo cabida un poco de todo. El blues apareció excelso y fue lo mejor del concierto. Ahí contribuyó una excelente “Blue Monk” que principió con sección rítmica y piano y que terminó en un scat simulando un trombón que enardeció al público y que hizo que las palmas echaran humo (y con razón, no en vano fue el pico del concierto). “St. James Infirmary” confirmó que el blues fue lo mejor de la noche y el scat de trompeta asordinada no sonó recurrente y le vino al pelo al tema.

Dee Dee canta lo que quiere pero, en esta ocasión, dio mucha cuerda a los solos de sus músicos. Destellos a la trompeta y un pianista, este sí, superlativo aportaron buenos momentos pero lo que íbamos a ver no era eso (del solo de bajo y batería mejor no hablamos, ejem). Cuando entonó demostró que aun lo tiene. “Afro Blue” sonó sensual, aunque a mi me gusta más la versión de Abbey Lincoln. También la homenajeó en “The Music Is The Magic”, música orgánica que reptó sibilina; uno de los mejores momentos de la banda, al servicio de una voz que iba de los tonos más graves a los agudos con una facilidad insultante. Tributos a Horace Silver (“Filthy McNasty”) y Stevie Wonder (“Livin’ For The City”) mediante finiquitó el show tras dos bises muy solicitados por el público. Buen concierto, sin duda, pero quizás esperaba más. Es lo que tiene ir con expectativas muy altas.
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El martes era el turno de Esperanza Spalding, que presentaba su disco “Emily’s D+Evolution” con un entramado, según se contó, de teatro, video y poesía. El vídeo brilló por su ausencia, teatro poco más allá de gestos, poses y algo de interacción con el coro y de poesía no puedo hablar ya que no domino tanto la lengua de Shakespeare. Más que un concierto de jazz, el show se tornó en una opereta, rock incluso, y eché en falta, ante lo aturdido que me quedé con su propuesta, como en las óperas, de una traducción de lo cantado. Quizás así habría entendido una actuación que me dejó frío (yo aguanté hasta el final pero hubo unos cuantos que se batieron en retirada antes de la hora). Lo teatral se tradujo en una entrada en el escenario con un vestido del que, tras voltearlo, salió cual ninfa de su capullo, vestida de blanco inmaculado, pero informal. A partir de ahí, gestos y expresiones de su rostro y una clave vocal que a mi me pareció monótona, aunque difícil por estar basada en tonos muy altos.

Lo mejor apareció cuando trocó la farándula teatrera por su bajo de cinco cuerdas, que atronó en desarrollos que atribularon a más de uno, coordinados con una guitarra afilada y chirriante, más cerca del noise ruidista que de un plácido concierto de jazz. El coro, de amarillo centelleante, también lo intentó. Arropó a la estrella y se atrevió a darse un paseo entre el respetable que, frío como yo, ni se inmutó ante las peticiones de palmas (uff, qué marrón). De ahí al final, y sin soltar el bajo, desarrollos progresivos que gustaron pero que a mi me parecieron más efectistas que efectivos.
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Creo que al final hubo división de opiniones. Las que yo caté no difieren demasiado de lo contado, aunque seguro que habrá alguien que me afee la reseña y con toda su razón, no lo discuto. Aquí el dicho viene al pelo: “los gustos son como los culos; cada uno tiene el suyo”.

El Getxo Jazz 2016 ha terminado. Ya estoy contando los días que quedan para la siguiente parada, Gasteiz. Donosti me pilla muy lejos, o muy viejo para cien kilómetros de ida y otros tantos de vuelta.


Lugar: Plaza Biotz Alai (Algorta)
Fecha del evento: 05 de julio de 2016
Texto y fotografías: Lorenzo Pascual

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